Ahora, tras haber estado allí, todo encaja.
De la misma forma que en el paraíso no hay tesoros. En
un entorno hostil, donde el delirio del ladrillo ha consumido casi todo lo que
era natural y auténtico, un hombre ha sabido volver a encontrarse con la tierra
que nos da de comer y volver a plantar brotes verdes. No de billetes, sino de
riqueza en forma de vida.
De forma pausada. Él dice que “regando con cabeza”.
Sin atajos pero también sin corsé, prejuicios ni aires de grandeza. Tan solo
agricultura para alimentarse y disfrutar.
Llegar a Usaldón,
acompañados de Olga y Rafa, habiendo probado con anterioridad su fruto tiene un
punto mágico. Casi morboso. No me pregunten por qué. Susurros, cepas de
garnacha peluda que vieron más inviernos que el que suscribe, rodeadas de
níveos pedruscos, y clavadas en un suelo pobre, muy pobre. Pero no hace falta
escarbar demasiado para encontrar humedad y vida al fondo, testigo
de esmero, cariño a la tierra y buen trabajo de viña. La sombra del ciprés
deja su aroma y marca el camino.
Los Cipreses de
Usaldón 2010 ha crecido y ha ido sustituyendo
jovialidad por serenidad, fruta rabiosa por complejidad y en definitiva
juventud por madurez recia, aunque plena de vida. Cereza seca, manzana reineta
y flor marchita con notas algo rústicas, son la antesala de un vino de campo,
sabroso, vibrante y mineral.
El
2011 está más tierno, la zarzamora y el plátano nos
muestran aquí la cara más joven de un vino sano, directo y de trago largo. Algo
más picante y jovial que 2010, aunque manteniendo mineralidad y elegante
amargor.

Poder beber- que no catar, ni escupir- a pie
de viña esa garnacha peluda, clavada a roca y ciprés, aun a riesgo de perder la
objetividad, les aseguro que no tiene precio. Si lo acompañamos de buen
embutido y pan moruno, ya ni les cuento.

De allí nos vamos a la bodega. Una nave funcional,
para qué más. El vino y la verdad, están ahí fuera.
Nos
espera Curro y sus manos, cuya desproporción artesana muestra décadas de laborioso
mimo a la viña. Cuantos viticultores matarían por que sus cepas tuvieran una
comadrona similar. También aguardan las tinajas de Padilla.

Barro y vino, como cuando empezó todo.
Unas burbujean, otras sangran, todas diferentes, y
todas guardan secretos que pronto- esperemos- irán de boca en boca.
De nuevo comienza el festival. Con música, no podía
ser de otra forma.
El Musikanto 2012 es una fiesta entre amigos, la celebración de lo
esencial y lo cotidiano. Sus concesiones a la estética, y a los fuegos de
artificio, terminan con sus bonitos colores. Monte y naranja sanguina. Algo de
tomillo. Tenso y vivaracho pero austero. Muy seco y directo.
La Amistad 2012
continúa la línea musical, aunque con más fuste. El carácter vibrante de la
rojal se impone con color visual y sápido. El Morrón 2012 garnachea.
Más al estilo Languedoc que al ibérico. Con tremenda frescura. Y la Forcayat sencillamente enamora por tipicidad y terruño.
Atención a esta variedad, un cañón que en buenas manos como estas, dará grandes
vinos.
Con Tragolargo,
cuyo nombre explica todo, pasamos a las distintas encarnaciones de la
monastrell. Desde la precisión hasta la complejidad sápida de la tinaja, que
-ojo- nada aporta más allá de lo que la uva lleva consigo. Evocador Ramblís que nos hace de antesala de otros sueños, más dulces
y voluminosos. Raspones, largas maceraciones, vendimias tardías, soleras,
fabulosos encabezados con aguardiente de sidra.
Los sueños de Rafa cambian según quien y cuando los prueba, enriquecen el alma
y deleitan al paladar sin agredir al bolsillo. Vinos de entre cinco y doce
euros en tienda.
Secretos
destinados al deleite que encorchamos para buscarles compañía. Por eso nos
dirigimos a Casa Ricardo, en Raspay, un
auténtico templo en el que el monte y el sarmiento dan forma a una paella
sabrosa y crujiente, de un grano de grosor, sencillamente deliciosa.

Antes llegan los caracoles y el
acordeón de Musikanto vuelve a sonar. Se evapora antes que llegue el conejo y
el festival empieza de nuevo. Más allá de las imágenes, poca luz puedo arrojar.



Nos vamos a Torrevieja. A mano izquierda la desolación del
ladrillo, a mano derecha, la esperanza. El parque natural de La Mata.

Entre arena de playa y viento de sal crecen cepas de moscatel y
merseguera. Sobreviven a duras penas a los ataques
de los conejos. De cuatro patas, pero también de dos, los más destructivos.
Vendimia a tiempo, terruño y barro que dan blancos eléctricos, salinos y
austeros. El
Carro, La Viña de Simón,
Las tinajas de La Mata. Hechos, una vez más, para disfrutar.
Pero
la tierra aun nos reserva una sorpresa antes de que anochezca. Limpio y
embriagador, el olor creciente del azahar nos hace olvidar la hostilidad del
entorno. Entramos en la tierra del naranjo. El de verdad. Árboles cargados de
frutas carnosas, aromáticas, terribles, cuyo dulzor rebosa las comisuras de
nuestros labios y colman el apetito y el espíritu.
Pero el sol se pone y toca
despedirnos. Nos llevamos los caramelos de la tierra en el paladar, una sonrisa
en la boca y la certeza de que no todo está perdido.
http://www.mileurismogourmet.com/2013/04/vinedos-culturales-vinos-de-arena-y-sal.html